Lejos de aquí, hace ya tanto tiempo, ella se entregó al mar, le dio su hartazgo, su tristeza y el le concedió la paz que buscaba su alma atormentada.
No comparto la idea de decidir así la muerte, pero debieron ser tan grandes sus penas para tomar esa decisión.
Cerrando los ojos me viene a la cabeza coquetear con ella, más sólo alcanzo a soñar cómo me gustaría: escucho el concierto de aves, las ramas se mecen, el carpintero no se cansa de golpear el poste de metal. Me preparo por si acaso ella quisiera venir a mi encuentro: cruzo los brazos, abandono todo pensamiento, ruedan lágrimas, me choca que se me metan a las orejas pero las dejo secar ahí. Mi respiración apenas perceptible, continúo...
Dejo de sentir sensaciones, ya no escucho, no me muevo, tampoco quiero hacerlo, es rico abandonarse; dejo de respirar, se pone todo negro, siento su caricia, solamente un pequeño roce...
—¡Aún no!!— me dice como cuando el viento silba.
Le suplico que sea hoy en ese instante perfecto sin dolor, sin miedo, ni frío ni calor, ni el llanto de mi gente... —hoy, así, queda, silente.
—No.
Se desvanece y vuelve el dolor seco en medio del pecho avisándome que el dolor emocional es real y se manifiesta a nivel físico, aunque no lo quiera, está.
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